Nueva Conciencia -Proyecto 7G

Hacia un mundo sin exclusiones: Reflexiones sobre el bienestar, la sinergia y las necesidades humanas.

Posteado por: Hugo en: Enero 22, 2008

por Antonio Elizalde Hevia

Publicado originalmente en :http://www.economiasolidaria.net

Ponencia en el panel: “Desarrollo humano sustentable: elementos para una propuesta alternativa” en el Seminario Internacional “El reto de America Latina: el desarrollo de la Globalización” organizado por el Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales y realizado en Quito, Ecuador, del 29 de junio al 1 de julio de 1999.

Publicado en “El desarrollo en la globalización. El reto de América Latina”, Nueva Sociedad, Caracas, 2000.

No existe un problema económico… Lo que existe es un problema moral.

E. F. Schumacher (1969)


Estimaciones nuevas indican que los 225 habitantes más ricos del mundo tiene una riqueza combinada superior a un billón de dólares, igual al ingreso anual del 47% más pobre de la población mundial (2.500 millones de habitantes).

Informe de Desarrollo Humano 1998 – PNUD


“Si se opta por el supuesto sistémico, la estrategia priorizará la generación de satisfactores endógenos y sinérgicos: Las necesidades serán entendidas simultáneamente como carencias y como potencias, permitiendo así romper con el círculo vicioso de la pobreza.”

“Un desarrollo capaz de conjugar la sinergia con la eficiencia quizás no baste para dar cumplimiento cabal a lo deseado; pero sí basta, y plenamente, para evitar que en el ánimo de las personas lo no desado parezca inexorable.”

“Sólo un estilo de desarrollo orientado a la satisfacción de las necesidades humanas puede asumir el postergado desafío de hacer crecer a toda la persona y a todas las personas. Sólo la creciente autodependencia en los diversos espacios y ámbitos puede enraizar dicho desarrollo en el Continente Latinoamericano. Sólo el inclaudicable respeto a la diversidad de los innumerables mundos que habitan en el ancho mundo de América Latina garantiza que esa autonomía no se confine al jardín de las utopías. Sólo la articulación de estas diversidades en un proyecto político democrático, desconcentrador y descentralizador puede potenciar los recursos sinérgicos indispensables para la decantación de un desarrollo a la medida del ser humano.”

M.Max-Neef, A.Elizalde y M.Hopenhayn (1986)

1. La propuesta de Desarrollo a Escala Humana

En el año 1986 fue publicado “Desarrollo a Escala Humana”, publicación que contiene la propuesta de una teoría de las necesidades humanas fundamentales y una concepción del desarrollo que rompe radicalmente con las visiones dominantes que lo hacen análogo al crecimiento económico.

En nuestra propuesta planteamos la existencia, en el tema de las necesidades, de un sistema conformado por tres subsistemas: el subsistema de las necesidades, el subsistema de los satisfactores y el subsistema de los bienes. Si estos tres subsistemas conforman un sistema, consecuentemente se afectan mutuamente. Entonces, ¿Cuál es el papel que cada uno de estos subsistemas juega?

El subsistema de las necesidades incluye lo que podríamos describir como nuestra interioridad; nuestras necesidades son algo que está radicado al interior de nuestra piel y que solamente podemos vivenciar en forma subjetiva. La necesidad siempre se vivencia en un plano absolutamente personal. Lo afirmado no significa una postura individualista, sino más bien que la necesidades son algo que nos constituye como humanos, que está impreso en nuestra naturaleza. Somos nuestras necesidades. Por lo tanto cuando hablamos de naturaleza humana nos estamos refiriendo a este subsistema. Siendo las necesidades algo que fundamentalmente nos es dado, por más que queramos no las podemos modificar, de la misma manera como no podemos modificar nuestros subsistemas biológicos, porque ellos hacen parte de la vida. Por tal razón afirmamos que las necesidades humanas fundamentales son universales, es decir son y han sido las mismas para todos los seres humanos a lo largo de la historia y de las culturas.

El segundo subsistema es el de los satisfactores. Por el contrario del anterior subsistema, los satisfactores son las formas históricas y culturales mediante las cuales damos cuenta de nuestras necesidades humanas fundamentales. Son la historización de nuestras necesidades. Constituyen las formas mediante las cuales en cada cultura, en cada sociedad, en cada circunstancia histórica se buscan y diseñan las mejores formas de actualizar las necesidades de sus integrantes. Sin embargo en cuanto formas de hacer las cosas, los satisfactores por una parte son inmateriales y por otra parte constituyen la interfaz entre lo que es la exterioridad y la interioridad, entre los bienes y las necesidades fundamentales.

El tercer subsistema es el de los bienes. Los bienes son los artefactos materiales de la cultura y son fundamentalmente pura exterioridad, son objetos o cosas que potencian la capacidad de los satisfactores para poder dar cuenta de la necesidad. Vivimos rodeados de bienes. Bienes son todos los elementos producidos por nosotros que están fuera de nuestra propia piel. Ahora bien, lo que ocurre es que estos elementos, en cuanto son exterioridad, tienen una existencia física, son materiales. Por definición, un bien es algo de tipo material, algo concreto y consecuentemente tiene un peso entrópico. De modo tal que grava al sistema mayor que es el sistema de la vida, de la biósfera y ésta es una cuestión que no es trivial, es bastante significativa.

Por otra parte, los bienes en cuanto tienen peso entrópico, están acotados dentro de límites que no se puede transgredir. Por ejemplo, en algún momento la cantidad de bienes se traducen en chatarra y por más que creamos que los procesos económicos terminan exclusivamente en los bienes, eso es falso. Terminan en lo que es fundamentalmente producción de basura y eso implica problemas como el de dónde depositar los desechos. La montaña más alta de la costa este de Estados Unidos es el basural de Nueva York. Tiene ya más de 160 metros de altura. Los Japoneses con toda su tecnología son incapaces de resolver los mismos problemas que tenemos nosotros, los problemas de depósito de basura; porque a la vez, en las sociedades actuales, un índicador del desarrollo es la producción de basura; en la medida que aumenta el ingreso per cápita y por lo tanto el consumo, aumenta la basura. Los pobres producen poca basura, los ricos producen mucha basura. Los países desarrollados superan ya los dos kilos de basura diaria por persona y los países subdesarrollados están en el orden de medio kilo por persona, y eso significa mucho cuando pensamos en los millones de personas que pueblan el planeta.

Hemos planteado en nuestra teoría que las necesidades son pocas, finitas y consecuentemente pensamos que son clasificables. A nuestro entender existen nueve necesidades humanas fundamentales las cuales serían las siguientes: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, creación, participación, ocio, identidad y libertad. Cada una de estas necesidades fundamentales constituyen a su vez un subsistema del subsistema de necesidades dentro del sistema de las necesidades humanas fundamentales.

Afirmamos que esas nueve necesidades tienen un rango, un estatuto ontológico, similar. No hay ninguna necesidad de menor categoría que otras. Conforman un sistema y consecuentemente están profundamente implicadas unas con otras constituyendo lo que podríamos llamar la naturaleza humana, en forma análoga a los sistemas o subsistemas que conforman nuestro organismo en cuanto seres vivos. Por consiguiente, de la misma manera que sería muy difícil establecer si es más importante en nuestra biología el sistema cardiorespiratorio o el sistema gastrointestinal ocurre algo parecido con las necesidades. La visión dominante nos ha hecho creer que la necesidad fundamental es la necesidad de subsistencia, sin embargo en nuestra propuesta no hay jerarquías dentro del sistema. Todas las necesidades tienen una importancia similar.

Al ser las necesidades humanas fundamentales iguales para todos e iguales en importancia cambia el concepto de pobreza y también el de riqueza, porque en la visión tradicional, la pobreza está asociada exclusivamente a ausencia de subsistencia, vale decir de pan, techo y abrigo. Según nuestra concepción para todas las necesidades existe un umbral presistémico. La deprivación en cualquiera de ellas más allá de un cierto nivel conduce al desmoronamiento del sistema de necesidades y consecuentemente de la vida. La gente se muere no solamente de hambre sino que se muere también por carencia de afecto o por carencia de identidad. De allí que sea necesario hablar de pobrezas y de riquezas.

Podemos así preguntarnos ¿qué pobrezas en términos de carencias o de insatisfacción experimentan aquellos niños que asesinan a sus compañeros de curso en los colegios de Estados Unidos? Y esa es la sociedad que se ha constituido en el modelo cultural a imitar, y hacia la cual todos aparentemente transitamos mediante nuestro esfuerzo por el crecimiento económico, la inserción en la economía global, la liberalización de los mercados o la construcción de grandes centros comerciales, donde se concentran los nuevos templos de la sociedad de consumo.

Por otra parte, la hegemonía de la visión cultural tradicional que establece una jerarquía de necesidades propia de otras culturas, ha terminado imponiéndonos concepciones de la realidad donde tendemos a desvalorizar nuestros propios recursos, nuestras riquezas, empobreciéndonos de esa manera al imponernos sus escalas de valores, de deseos y de consumo. ¿Qué decir de la enorme riqueza contenida en los satisfactores para actualizar la necesidad de afecto en nuestras sociedades? ¿O la enorme abundancia contenida en la relación que establecen con la naturaleza los pueblos andinos y amazónicos para dar cuenta de sus necesidades de entendimiento y subsistencia?

Como lo afirma enfáticamente Franz Hinkelammert (1), la occidentalización del mundo, esto es la imposición de los valores y concepciones de Occidente sobre el resto del mundo, ha sido para la humanidad en nuestra época el equivalente a las plagas bíblicas. Para curarnos y vacunarnos contra ella, será imprescindible asumir una nueva concepción respecto a nuestras necesidades que las disocie de la identificación reduccionista que se hace de ellas con los deseos. Gandhi lo señaló agudamente cuando dijo, que si bien tenemos suficiente para las necesidades de todos no nos alcanza para lo codicia (deseos) de unos pocos.

CUADRO SINOPTICO DE DIFERENCIAS ENTRE LA CONCEPCION CONVENCIONAL DE LAS NECESIDADES Y LA TEORIA DE LAS NECESIDADES HUMANAS FUNDAMENTALES

CONCEPCION CONVENCIONAL

1. La necesidad es sólo vista como carencia o falta de algo. Se las confunde con los deseos.

2. Las necesidades son vistas como infinitas, ilimitadas y siempre crecientes.

3. Las necesidades varían de persona en persona y de sociedad en sociedad.

4. Lo que cambia de cultura en cultura son las necesidades.

5. Cada necesidad se constituye en un ámbito específico de la existencia humana, sin mayor relación con otras dimensiones de la existencia, salvo la existencia de necesidades básicas, que de no ser satisfechas inviabilizan la existencia humana.

6. Los bienes económicos son los medios que permiten a las personas expresar sus preferencias, esto es, su subjetividad profunda en relación a sus necesidades.

7. No se dispone del concepto de satisfactor, por tanto la relación entre necesidades y bienes es directa, no existe mediación cultural y se relativiza la naturaleza humana.

8. Todo lo referente a las necesidades queda radicado en el ámbito de lo particular-subjetivo, posible sólo deexpresar mediante las preferencias en el consumo.

TEORIA DE LAS NHF

1. La necesidad es vista a la vez como carencia y también como potencialidad.

2. Las necesidades son pocas, finitas y clasificables.

3. Las necesidades son universales, las mismas a lo largo de la historia y de las culturas.

4. Lo que cambia culturalmente es la forma de actualizar las necesidades (satisfactores).

5. Las necesidades constituyen un sistema en el cual están íntimamente relacionadas unas con otras: lo que afecte a una también afecta a las otras. No existen jerarquías entre ellas pero si un umbral pre-sistémico que las afecta a todas por igual.

6. Los bienes económicos son objetos o artefactos que permiten alterar la eficiencia de un satisfactor, afectando así el umbral de satisfacción de una necesidad.

7. Al disponer del concepto de satisfactor se establece una mediación, entre necesidades y bienes, que permite distinguir entre naturaleza y cultura.

8. Se introduce la dimensión de lo universal-subjetivo; es posible asignar objetividad al ámbito de las necesidades mediante el análisis del tipo de satisfactores usados.

2. El consumismo: la enfermedad de nuestra cultura

Todos Uds. posiblemente habrán apreciado la siguiente escena: un niño pequeño tirado en el piso en el pasillo de un supermercado y berraqueando como condenado porque sus padres no le compran lo que él desea. Los pobres padres miran hacia todos lados, no saben que hacer frente a las miradas desaprobatorias que las personas que circulan por el pasillo, incómodos porque se sienten recriminados por “torturar psicológicamente” al niño al no acceder a sus deseos.

Gran parte de la publicidad en la actualidad se orienta hacia los niños y especialmente hacia los más pequeños. Es impresionante la velocidad a la cual se introducen todo tipo de juguetes vinculados a las series de televisión infantil y todo ello asociado a las respectivas campañas publicitarias.

Si bien la permanente innovación y creación es necesaria en toda sociedad humana, ella no puede ser al costo de una tan profunda destrucción ambiental, cultural y moral como acontece actualmente.

Nuestra cultura en su desarrollo profundamente materialista va acelerando cada vez más los procesos mediante los cuales se introducen nuevos productos, ello al precio de generar permanente obsolescencia y desechabilidad.

Por ejemplo, en el ámbito de la informática o de los equipos electrodomésticos es posible apreciar como en el curso de un par de años e incluso antes, los equipos de última generación a nivel de usuarios quedan rápidamente “anticuados” y obsoletos (psicotécnicamente).

Hay una suerte de norma moral referida al consumo que exige dar cuenta lo antes posible del deseo. Parte importante del mensaje-masaje publicitario se orienta a generar deseos en forma casi compulsiva, de modo tal que si éste se hace presente ante la conciencia genera una sensación de vacío e incluso casi de dolor mientras no sea satisfecho. Hay una tendencia cultural que nos empuja a “infantilizarnos” o “animalizarnos” en relación a nuestros deseos. Ya no existen como en el pasado horas adecuadas para alimentarse. Hoy es cosa de abrir el refrigerador o la despensa. La alimentación está progresivamente perdiendo su carácter de acto eminentemente social para irse transformando en un acto individual, solitario.

Nuestra humanidad requiere imprescindiblemente para su constitución de la postergación en la satisfacción del deseo. El niño recién nacido siente hambre y llora pidiendo de ese modo la teta materna, el proceso de humanizar a ese animal humano, “desanimalizándolo” consiste en socializarlo, en educarlo, de modo que este ser aprenda a distinguir su deseo de su satisfacción, la cual no puede ser inmediata. La articulación de la identidad de ese ser es un proceso en el cual aquel va reconociendo la necesidad de diseñar estrategias adaptativas que le permitan dar cuenta de su deseo: será el lloro inicialmente para expresar su malestar ya sea porque tiene hambre o porque se siente mojado, luego será el gorgojeo o la sonrisa, o serán las primeros balbuceos que serán las gracias que le permitan obtener la aprobación del adulto. En todo ese proceso se ha ido progresivamente infiltrando la dimensión temporal. La estrategia de satisfacción del deseo demanda un primer y previo aprendizaje: “no es posible obtener nada inmediatamente, todo requiere de un tiempo”.

Nuestra cultura, por el contrario, nos impulsa a consumir más y más compulsivamente, a dar cuenta en forma inmediata e instantánea de cualquier deseo surgido.

La sociedad capitalista actual ancla su existencia en la producción industrial de bienes de consumo masivo: bienes que requieren ser permanentemente desvalorados y desechados, para así continuar creando nuevos bienes que los sustituyan.

André Gorz nos expone agudamente este hecho (1989, 127-128):

“¿De qué tenemos necesidad? ¿Qué deseamos? ¿Qué nos falta para que podamos realizarnos, comunicarnos con los demás, llevar una vida más relajada, y establecer relaciones más fraternales? La previsión económica, la economía política, no tienen nada que hacer ante estas preguntas. Preocupadas solamente de hacer funcionar la máquina, de hacer circular el capital, de mantener un cierto nivel de empleo, nos fabrican las necesidades correspondientes a las exigencias, en un momento dado, del aparato de producción y de circulación. Nos inventan deliberada y sistemáticamente nuevas escaseces y carencias, nuevos lujos y nuevas pobrezas, conforme a las necesidades de rentabilidad y de crecimiento del capital. Este tiene a su servicio estrategas que saben manipular nuestros más secretos resortes para imponer sus productos a través de los símbolos de que están cargados.

Hace veinte años, uno de los estrategas enseñaba su juego con candor: su nombre es Stanley Resor, presidente de la J. Walter Thompson, una de las mayores agencias de publicidad de Estados Unidos. Para Resor, “cuando aumentan los ingresos, la creación de nuevas necesidades es lo más importante. Cuando se pregunta a la gente: “¿Sabe usted que su nivel de vida aumentará en un 50 por ciento en los próximos 10 años?”, no tienen la menor idea de lo que eso quiere decir. No reconocen la necesidad de un segundo coche a menos que se les recuerde con insistencia. Esta necesidad tiene que ser creada en su ánimo y es preciso hacerles ver las ventajas que les procurará el segundo coche. Yo considero la publicidad como la fuerza de educación y de activación capaz de provocar los cambios de la demanda que nos son precisos. Mostrando a mucha gente un nivel de vida más elevado, aumentamos el consumo al nivel que nuestra producción y nuestros recursos justifican.”

Gorz concluye que es el consumidor el que está al servicio de la producción, para así asegurar a ésta las salidas que reclama; que es el consumidor quien tiene que irse adaptando a los requerimientos de las producciones que los cambios tecnológicos indican como las más rentables en determinadas circunstancias. Afirma por otra parte, que ello es indispensable para que la sociedad pueda perpetuarse, y así reproducir sus desigualdades jerárquicas y mantener incólumes sus mecanismos de dominación.

El mismo André Gorz en un magnífico artículo (1986), demuestra con el caso del automóvil, como gran parte de los bienes propios de la modernidad solamente mantienen su carácter de bien, mientras sean escasos y accesibles únicamente a minorías. En el momento en el cual estos se masifican dejan de ser bienes y se transforman en males. La ilusión del automovilista de transitar a altas velocidades desde un punto del territorio a otro en el momento en que se le ocurra, sólo es posible si existen pocos automóviles. Si todos los habitantes de una ciudad poseen automóvil no será posible para nadie desplazarse hacia ningún punto, salvo que se establezcan regulaciones extremas.

La sociedad capitalista posee en su naturaleza un carácter excluyente que hace que sólo pueda ofrecer beneficios que se sustentan en el juego suma cero: si alguien gana es porque otro lo pierde.

El antropólogo norteamericano Marvin Harris (1984) ha realizado un brillante análisis de la sociedad norteamericana contemporánea, en el cual demuestra como la calidad de vida de esa nación se ha ido deteriorando debido a los procesos de producción de obsolescencia planificada. Él señala que los bienes adquiridos tienen una vida útil determinada desde los procesos productivos que raramente coincide con las expectativas respecto al tiempo de uso que los consumidores tienen respecto a dichos bienes. Los necesarios procesos de creación de servicios técnicos y los costos para el consumidor de las reparaciones que debe realizar a los artefactos de diversa índole que conforman su equipamiento hogareño o laboral, reflejan según Harris un proceso de inflación encubierta. Asimismo esta obsolescencia incrementa los niveles de derroche, desperdicio y refuerza la carga sobre el ambiente, mediante la producción de basura y de nuevas demandas de materias primas extraídas del medio natural.

De modo tal, que muchos bienes durables e incluso bienes de capital, por la lógica interna del capitalismo, son transformados de bienes -que proveen calidad de vida o riqueza mediante la creación de nuevos bienes- en males, ya que son transformados en chatarra o basura (valor social negativo), constituyéndose en una carga para el ambiente.

La sociedad capitalista de consumo masivo ha ido transformando de una manera radical los valores propios de las sociedades tradicionales. Ha destruido los valores de la cooperación y de la convivialidad, ha destruido los valores de la solidaridad y de la fraternidad. Ha fomentado el individualismo extremo y una suerte de consumismo patológico, lo cual ha comenzado a comprometer incluso el futuro.

En el pasado no tan lejano tal vez, para las generaciones nacidas a comienzos de siglo, la práctica social dominante era la adquisición de bienes de consumo durable con los ahorros, que habían sido producto de largos períodos de privaciones pasadas. Y sólo en el caso de una tragedia o de una inversión significativa para el bienestar del grupo familiar se recurría a algún tipo de endeudamiento, siempre y cuando éste no comprometiese significativamente las decisiones futuras.

Se ha producido en los años recientes una profunda mutación cultural desde una “sociedad frugal” a una “sociedad consumidora”. Se ha aprendido a malgastar, a usar y botar las cosas, a sentirse insatisfecho incluso con el último modelo de automóvil y a anhelar el nuevo modelo.

En el transcurso de no más de dos generaciones, hemos transitado hacia una forma de adquisición de bienes de todo tipo a través del financiamiento en compromisos futuros, vía endeudamiento a plazos cada vez mayores. Aquí nos encontramos con la paradoja que para desplegar la mentada “libertad de elección” en el consumo presente, reducimos nuestros grados de libertad futura, y paralelamente adquirimos bienes que nos confieren en el presente mayor calidad de vida comprometiendo nuestro bienestar futuro. ¿No estaremos por medio de estos mecanismos sociales avanzando hacia una obsolescencia del futuro? ¿Cuántas personas no se sienten amarradas a sus estilos de vida actuales debido al endeudamiento de por vida que han adquirido?

En las inequitativas sociedades del pasado existió tanto la esclavitud como la servidumbre -algo de eso también se dio en nuestros paises- y ambas instituciones sociales implicaban una herencia negativa, un compromiso de fuerza de trabajo adeudada, que se transmitía intergeneracionalmente. ¿No es el dinero plastificado y el endeudamiento fácil, una versión postmoderna de las servidumbres del pasado? ¿Cuánto más allá en el futuro requerirá desplazarse el endeudamiento para mantener tasas de crecimiento económico elevadas?

En sociedades que operan con esta lógica, se van transformado en obsoletos y/o desechables, todos aquellos seres humanos que por diversas razones no pueden constituirse en sujetos de crédito: personas con bajos o escasos niveles de ingreso (pobres), personas con esperanzas de vida limitada (ancianos y enfermos terminales), personas con capacidad de pago decreciente (enfermos crónicos y minusválidos), grupos indígenas, y así muchos otros grupos sociales. De forma tal que la exclusión se torna necesaria para mantener los niveles de competitividad alcanzada.

3. Esbozo de una propuesta

A partir de la conceptuación anterior podemos sugerir la existencia de tres tipos de sociedad. La primera es la sociedad occidental que ha tenido éxito en implantar su modelo en todo el mundo dando origen a la actual sociedad consumista, en la cual se produce un sobredimensionamiento del subsistema de los bienes y obviamente un subdimensionamiento de lo que son las necesidades y los satisfactores. Este tipo de sociedad es la que vivimos nosotros actualmente. Una sociedad en la cual el exceso de bienes nos va embotando tanto desde el punto de vista valorativo como desde el punto de vista emocional.

Es este un tipo de sociedad que, sin embargo, pese a su enorme potencial tecnológico, es absolutamente insustentable en el tiempo, ya que genera niveles tales de entropía ambiental y social, que parece inviable política y psicosocialmente. Basta para dar cuenta de lo anterior sólo hacer referencias a la destrucción de biodiversidad, a los cambios climáticos globales, a la enorme concentración del ingreso, entre otros tantos efectos no deseados.

Más aún no es posible olvidar que entre un cuarenta a cincuenta por ciento de la población mundial, en particular la China y la India, han optado finalmente, debido a las presiones globalizadoras, en los años recientes, por incorporarse definitivamente al modelo industrializador occidental, abandonando así sus caminos propios. Es inevitable entonces preguntarse que impacto tendrá sobre los cambios climáticos globales y sobre los riesgos planetarios, la incorporación de estos dos gigantes demográficos al “estilo de vida occidental”, si lo hacen con un estilo relativamente superado en los países del primer mundo, pero que nos dejó como legado los altísimos niveles de contaminación y depredación ambiental existentes en la actualidad. Y eso que sólo benefició a un contingente demográfico cinco veces más pequeño.

Estas sociedades generan sociedades como el Brasil actual del cual Josué de Castro ha afirmado que la mitad de la población no duerme porque tiene hambre y la otra mitad no duerme por miedo a los que tienen hambre. Allí 62 millones viven en la pobreza, 20 de ellos viven bajo la línea de la miseria o pobreza extrema. El proceso de globalización de la economía ha sido responsable por el aumento del apartheid social y no ha sido capaz de generar ingresos y empleos.

O como la India donde existe una situación en la cual un sexto de la población es omnívora, los que consumen de todo, desde sushi hasta PCs; dos sextos son refugiados ecológicos, gentes a quienes se les quitaron sus recursos y ahora viven en los márgenes de las ciudades; y tres sextos son gente del ecosistema quienes producen sus alimentos pero que viven entre 15 a 30 kilómetros del lugar donde los producen, con todo el enorme tiempo muerto que ello les implica.

Un segundo tipo es el de sociedad ascética que aún subsiste en algunos lugares en el mundo oriental, como para esos tres sextos de habitantes de la India a que antes hacemos referencia, sociedades donde de alguna manera hay un sobredimensionamiento del subsistema de las necesidades produciendo un subdimensionamiento de los bienes y los satisfactores. En las concepciones orientales lo que existe es una especie de negación del deseo, una negación de la necesidad y por esa vía lo que uno obtiene es mayores grados de libertad, pero eso se hace en desmedro de lo que son bienes y satisfactores.

Dichas sociedades fueron empobrecidas de manera brutal por la imposición de una concepción del mundo proveniente desde Europa.

Restrepo y Espinel (1996, 316-318) afirman que:

A lo largo de nuestra historia hemos sido testigos de un doble proceso: por un lado el resquebrajamiento y posterior desplome del mundo de la vida cotidiana de comunidades indígenas y negras, que no pudieron ampliar su horizonte para dar cabida arrollador flujo de significados y representaciones que acompañaron al proceso de conquista y colonización española y portuguesa , y por otro lado, la resistencia e hibridación cultural producida a partir de fragmentos culturales relativamente intactos, que permitieron enfrentar las contingencias que los nuevos imperativos culturales y lingüísticos impusieron.

Algo similar sostienen Sejenovich y Panario (1996, 21):

.., la ideología dominante del desarrollo nos ha enseñado durante décadas que somos pobres, que sólo podemos aspirar a la explotación de muy pocos recursos que ganen ventajas comparativas a nivel mundial y que sólo de esta forma obtendríamos los recursos que mejorarían nuestra situación

De allí que parece imprescindible plantear una nueva propuesta de organización social y cultural, la cual está siendo posibilitada por las transformaciones globales que estamos experimentando, y a la vez por los niveles de conciencia que la humanidad está alcanzando. Es la que presento a continuación y que recibe provisoriamente el nombre de sociedad sustentable o ecológica.

Esta sería una sociedad donde lo que se trabaje preferentemente debe ser la oferta de satisfactores, tanto en calidad como en cantidad; de lo que se trata es de enriquecer las formas como damos cuenta de las necesidades humanas. Aquí es importante señalar lo siguiente: los satisfactores en cuanto son los elementos inmateriales de una cultura no tienen peso material, no generan una carga sobre el medio ambiente. Los satisfactores son las formas culturales, son lo más propiamente humano porque es lo que creamos culturalmente.

Resumiendo, las necesidades humanas son algo que está impreso en nuestra naturaleza, es algo que nos fue dado. Por otra parte los bienes son algo, al igual que los satisfactores, que producimos culturalmente, pero el problema que tienen los bienes es que tienen un límite o umbral puesto por su materialidad, que es lo que olvidan quienes confunden crecimiento y desarrollo. Lo que sin embargo no tiene límites, son justamente los satisfactores, las formas mediante las cuales damos cuenta de nuestras necesidades.

4. Papel estratégico de los satisfactores

Como lo señalamos con Max-Neef y Hopenhayn (1986, 35):

Son los satisfactores los que definen la modalidad dominante que una cultura o una sociedad imprimen a las necesidades. Los satisfactores no son los bienes económicos disponibles sino que están referidos a todo aquello que, por representar formas de ser, tener, hacer y estar, contribuye a la realización de necesidades humanas. Pueden incluir, entre otras, formas de organización, estructuras políticas, prácticas sociales, condiciones subjetivas, valores y normas, espacios, contextos, comportamientos y actitudes; todas en una tensión permanente entre consolidación y cambio.

La alimentación es un satisfactor, como también puede serlo una estructura familiar (de la necesidad de protección, por ejemplo) o un orden político (de la necesidad de participación, por ejemplo). Un mismo satisfactor puede realizar diferentes necesidades en culturas distintas, o vivirse de manera diversa en contextos diferentes a pesar de estar satisfaciendo las mismas necesidades.

El hecho de que un satisfactor pueda tener efectos distintos en diversos contextos depende no sólo del propio contexto, sino también en buena parte de los bienes que el medio genera, de cómo los genera y de cómo organiza el consumo de los mismos. En la civilización industrial, los bienes en cuanto objetos y artefactos que permiten incrementar o mermar la eficiencia de un satisfactor, se han convertido en elementos determinantes sobre la vida de las personas. La forma como se ha organizado la producción y apropiación de bienes económicos en el capitalismo industrial ha condicionado de manera abrumadora el tipo de satisfactores dominantes.

Mientras un satisfactor es en sentido último el modo por el cual se expresa una necesidad, los bienes son en sentido estricto el medio por el cual el sujeto potencia los satisfactores para vivir sus necesidades. Cuando la forma de producción y consumo de bienes conduce a erigir los bienes en fines en sí mismos, entonces la presunta satisfacción de una necesidad empaña las potencialidades de vivirla en toda su amplitud. Queda, allí, abonado el terreno para la confirmación de una sociedad alienada que se embarca en una carrera productivista sin sentido. La vida se pone, entonces, al servicio de los artefactos en vez de los artefactos al servicio de la vida. La búsqueda de una mejor calidad de vida es suplantada por la obsesión de incrementar la productividad de los medios.

La construcción de una economía humanista exige, en este marco, un importante desafío teórico, a saber: entender y desentrañar la dialéctica entre necesidades, satisfactores y bienes económicos. Esto, a fin de pensar formas de organización económica en que los bienes potencien satisfactores para vivir las necesidades de manera coherente, sana y plena.

La situación obliga a repensar el contexto social de las necesidades humanas de una manera radicalmente distinta de como ha sido habitualmente pensado por planificadores sociales y por diseñadores de políticas de desarrollo. Ya no se trata de relacionar necesidades solamente con bienes y servicios que presuntamente las satisfacen; sino de relacionarlas además con prácticas sociales, formas de organización, modelos políticos y valores que repercuten sobre las formas en que se expresan las necesidades.

Para una teoría crítica de la sociedad no basta especificar cuáles son los satisfactores y bienes económicos dominantes al interior de ella, sino presentarlos además como productos históricamente constituidos y, por lo tanto susceptibles de ser modificados. Por consiguiente es necesario rastrear el proceso de creación, mediación y condicionamiento entre necesidades, satisfactores y bienes económicos.

Es importante señalar que los satisfactores no son neutros y son de variados tipos. En la propuesta de Desarrollo a Escala Humana (1986) identificamos cinco tipos.

Los satisfactores destructores o violadores que son aquellos que por la forma como satisfacen la necesidad no solamente aniquilan la posibilidad de satisfacción de esa necesidad en un plazo inmediato, sino que imposibilitan además la satisfacción de otras necesidades humanas.

Un ejemplo muy conspicuo es el armamentismo, pretende satisfacer la necesidad de protección, sin embargo imposibilita la subsistencia porque las armas son para matar; imposibilita el afecto, ya que nadie ama a alguien que lo hiere o mata. Al igual con la participación y la libertad, como ha ocurrido en nuestros países donde se han usado las armas para impedir justamente que se puedan desarrollar normalmente los procesos electorales y el ejercicio de las diversas libertades.

Los pseudosatisfactores estimulan una falsa sensación de satisfacción de una necesidad determinada, pueden aniquilar, en un plazo mediato, la posibilidad de satisfacer la necesidad a la cual originalmente se dirigen. Son inducidos por la propaganda, publicidad u otros medios de persuación. Ejemplos notorios son la prostitución, las modas, la automedicación irresponsable, la drogodependencia y los nacionalismos estrechos.

Los satisfactores inhibidores habitualmente sobresatisfacen una necesidad determinada y con ello dificultan seriamente la posibilidad de satisfacer otras necesidades. Habitualmente se hallan ritualizados y fuertemente arraigados en hábitos y costumbres. Algunos ejemplos son el paternalismo, la familia sobreprotectora, el clientelismo político, los monocultivos, los mesianismos, la competencia económica obsesiva, entre muchos otros.

Los satisfactores singulares apuntan a la satisfacción única y exclusiva de una necesidad, siendo por tanto neutros respecto a otras necesidades. Frecuentemente son institucionalizados, esto es producidos desde espacios y actores institucionales de la sociedad. Ejemplos de ellos son muchas de las políticas y programas públicos, y prácticas institucionalizadas tales como los espectáculos deportivos, los procesos electorales, los sistemas de seguros, etc.

Por último existen también satisfactores sinérgicos. Estos son el anverso del satisfactor destructor. Los satisfactores sinérgicos se caracterizan porque mediante la forma como dan cuenta de la necesidad logran producir un potenciamiento generalizado en todo el sistema y entonces aunque se expresen apuntando a una necesidad actualizan a la vez otras necesidades, como por ejemplo en el caso de la lactancia materna; si la madre le da un biberón al lactante satisface sólo su necesidad de subsistencia, mientras que si le da pecho, a la vez, estimula la protección, el afecto y la identidad.

La propuesta presentada aquí apunta a la identificación y utilización preferente de satisfactores que sean sinérgicos, es decir aquellos donde la realización de las necesidades no sea la meta, sino el motor del desarrollo mismo. Y que al hacer así promueven el tránsito del objeto de prestación o beneficiario de servicios al sujeto participante y protagónico; el tránsito de lo puntual al proceso histórico y colectivo; y de lo individual, al grupo, a la comunidad, al territorio.

De acuerdo con esta nueva mirada sería urgente realizar una evaluación de las políticas macro y micro; de las acciones, programas, fondos, proyectos, etc. con que pretendidamente estamos afrontando la pobreza y la exclusión social, la gobernabilidad y la democracia, el uso de los recursos naturales, a partir de re-analizar que satisfactores estamos usando.

La afirmación propositiva fundamental de la propuesta presentando es que este tipo de satisfactores pueden enriquecer sustantivamente nuestra calidad de vida, ya que permiten hacer uso de mejor manera de los recursos abundantes que el enmascaramiento producto de la ideología dominante impide reconocer.

Quiero detenerme en este tema, porque la única alternativa que nos proveía la sociedad actual era la lactancia artificial. Hay que recordar que hubo campañas “modernizantes” en este sentido, incluso impulsadas por la propia Organización Mundial de la Salud, que tuvo que posteriormente volver atrás debido a que la lactancia materna no sólo permite alimentar y criar a un niño sano, sino que provee de otros elementos indispensables sin los cuales un niño no puede desarrollarse.

5. Una mirada alternativa: ¿Dónde radica el auténtico bienestar?

Todos sabemos que es posible jugar muchos juegos donde existen ganadores y perdedores, esto es los que se llaman juegos suma cero: si tú pierdes yo gano, si tú ganas yo pierdo. Estamos aquí ante una lógica que considera la existencia del condicionamiento impuesto por la segunda ley de la temodinámica: todo tiene un costo energético, todo implica una degradación de la energía-materia, todo estará sometido a la ley de la escasez en algún momento, luego todo puede y debe someterse a un análisis de costo-beneficio.
Desde esta visión ha ido imponiéndonos una mirada sobre la realidad donde el esfuerzo imprescidible de realizar para comportarnos “racionalmente”, es medir y poner precio a todas las cosas: aquello que no se puede medir no importa, aquello que no tiene precio no tiene valor.

Pero también todos sabemos que existen juegos donde “todos” ganamos: si yo gano o tú ganas todos ganamos… pero ello puede ocurrir a costa o en desmedro de otros que pierden; si gana el equipo nacional de un país el campeonato mundial de fútbol todos los pertenecientes a esa nación ganan, pero muchos otros han perdido. En el caso mostrado sería un proceso negentrópico visto desde los ganadores aunque se olvide la entropía para los que perdieron el campeonato. De allí que lo determinante sea la definición de quienes constituyen ese “todos”. Habitualmente eso se ha hecho desde quienes detentan el poder, sea este económico, político, cultural o religioso. Esta es una forma frecuente de protección usada por casi todos los grupos humanos a lo largo de su historia, ya que al usar una definición excluyente y estrecha del concepto de “todos” se puede neutralizar la natural expresión de la compasión humana, así como las tendencias biológicas a la cooperación. Como lo expresa el aforismo satírico: “Todos somos iguales, pero habemos algunos que somos más iguales que otros.” El establecimiento progresivo de una cultura universal de los derechos humanos, tal vez el más importante de los avances civilizatorios de este siglo apunta al desarrollo de un concepto incluyente de “todos”.

No obstante, no debemos olvidar que existen también juegos donde todos quienes juegan terminan ganando, son juegos en los cuales, parafraseando a Allan Watts “el sentido del juego es jugar”, no hay una finalidad de ganar, sólo el jugar por jugar.

A ellos se refirió posiblemente Gabriela Mistral en sus poemas infantiles, en que nos habló de “hacer una ronda o de que todas iban a ser reinas” o César Vallejo en su poema Masa cuando “al fin de la batalla y muerto el combatiente” sólo cuando se acercan a él todos los hombres de la tierra con un sólo ruego: “hermano vuelve a la vida”, éste… “se levanta, abraza al primer hombre y se echa a andar”.

En este tipo de juegos tenemos mucha negentropía, una casi absoluta ausencia de los límites que la termodinámica nos pone a nuestro existir; estamos ante la presencia de sinergia pura: un absoluto potenciamiento del todo y de las partes.

Es posible afirmar que es aquí donde nos encontramos con lo más auténticamente humano, lo más hominizador o humanizante, es decir la punta del despliegue evolutivo de la vida y el universo: la vida conciente de sí misma, la condición humana.

Esta nueva mirada nos puede proveer de nuevos recursos y nuevas opciones en un mundo que se vivencia en crisis de utopías y de esperanza. Un mundo donde todo se percibe amenazante.

Nuestra visión de mundo está teñida por la ideología de la escasez. Como algunos recursos – los económicos – son escasos y limitados, hemos tendido a ver todos los recursos como limitados y hemos hecho invisibles todos aquellos recursos que son abundantes. Nuestra cosmovisión anclada en la escasez los hace invisibles.

Es necesario develar el profundo error que subyace tras esta visión de la realidad gobernada por el paradigma economicista. Por una parte existen recursos escasos, es decir recursos que están sometidos a la Segunda Ley de la Termodinámica, los cuales al ser compartidos se pierden para aquel que los comparte. Con aquellos ocurre lo mismo que a un cuerpo que irradia su calor a otro pero al hacer ésto pierde su propio calor. Si alguien tiene dinero y se lo da a otra persona, ésta última lo gana pero aquel lo pierde. Ocurre lo mismo en aquellos juegos a los cuales se denomina “suma cero”, si alguien gana otro pierde.

Este tipo de recursos opera dentro de una lógica en la cual los fenómenos o acontecimientos se encuentran vinculados unos a otros en relaciones de causalidad y/o de secuencialidad. Unos se ubican antes y otros después, unos se encuentran en el origen y otros en el resultado, a los primeros se les denomina causas y a los otros se les llama efectos. Pero también para otros efectos, cuando ya no se busca el explicar sino el operar sobre la realidad con un propósito determinado, se denomina a los primeros medios y a los segundos fines. Estos recursos actúan en consecuencia inmersos en relaciones lineales y monocausales. En ese razonamiento se ha buscado incrementar en el máximo grado posible la relación de adecuación o coherencia existente entre los primeros y los segundos y a eso se le llama eficiencia.

El abuso en esta forma de razonar sobre el universo y de buscar imponer nuestra voluntad a toda costa sobre la realidad nos ha conducido a un creciente divorcio entre medios y fines, entre procesos y metas. Vivimos actualmente inmersos en una disociación casi absoluta entre la racionalidad sustantiva, la que dice relación con los fines o metas de nuestro existir y operar en el mundo, y la racionalidad instrumental que tiene que ver con los medios de los cuales hacemos uso para alcanzarlas. Esta rotunda y honda división ha ido reforzando y a la vez retroalimentando a y de una noción de separatividad que profundiza en nosotros mismos un quiebre o disociación interna que nos produce infelicidad, dolor, angustia, insatisfacción y sufrimiento.

Sin embargo, como lo hemos ya señalado, tenemos evidencias y profundas intuiciones que nos indican que existen otros caminos, otras formas de realidad donde también existen otros juegos; juegos donde todos ganan. Juegos colectivos donde lo que importa es el jugar y no el ganarle a otros. Juegos donde el goce y la felicidad se obtiene no en la meta sino que en el disfrute mismo del juego.

Del mismo modo, es posible descubrir que hay recursos que se caracterizan por requerir ser compartidos para crecer. Está en su naturaleza que sólo en el darse crecen. Estos son recursos que violan la ley universal de la entropía creciente del universo; aquella ley que señala que el universo camina hacia su homogeneización, hacia la igualación de las temperaturas de todos los cuerpos llegándose así a un cese del intercambio energético y por lo tanto a la desaparición de todo cambio, movimiento y transformación; en fin a la muerte del universo. Hay recursos que por su naturaleza son creadores de vida, instauradores de potencialidad y de virtualidad transformadora, generadores de diversidad y de enriquecimiento colectivo. Recursos sinérgicos tales como el lenguaje, el amor, el conocimiento científico, la información, la creatividad, el poder sobre uno mismo, la memoria colectiva, la identidad grupal, el humor, la democracia.

Gran parte del dolor y de la infelicidad humana son producto de la percepción incorrecta del carácter de estos recursos producida por la ideología de la escasez. ¿Cuántos de nosotros, si no todos, no hemos vivido sintiéndonos poco queridos e intentando acumular afectos a cualquier precio, incluso al de nuestra propia dignidad? ¿Cuántos no hemos sentido envidia y celos por que hemos visto que otro ser humano recibía el cariño y amor que creíamos nos pertenecía; aunque quien lo recibía era alguien a quien queríamos muy profundamente (padre, madre, hijo/a, hermano/a, pareja)? Sin embargo, estos recursos son los descritos en la parábola evangélica de los talentos: pueden quedarse ocultos y escondidos por temor a perderlos o crecer por arriesgarse a compartirlos. ¿Existe algo que implique más un darse que el amar? ¿No es de la naturaleza misma del amor la donación de sí mismo a otro? ¿No son el amor, el cariño y el afecto en sí mismos un compartir? ¿Por qué razón, entonces los vemos como la negación de lo anterior? ¿Es posible amar sin compartir lo más íntimo y propio con otro ser humano con absoluta generosidad, sin medida alguna y sin ningún tipo de cálculo? ¿Qué nos lleva a calcular y a medir lo incalculable y inconmensurable? ¿Por qué no vemos la profundidad de nuestro error perceptivo?

El saber y el conocimiento son también recursos sinérgicos. Solamente llegan a ser tales en la medida en que al darse de unos a otros fructifican en la producción de nuevos sentidos, de nuevas significaciones, de nuevas verdades. Si no fuesen compartidos no lograrían llegar a ser lo que son, les estaría negado alcanzar su vocación o naturaleza peculiar y específica. El conocimiento se hace tal en un proceso de diálogo del sí mismo con el otro y de confrontación crítica del pensamiento y verdades propias con las de los demás. Es un construirse del yo, en su dimensión cognitiva, con la alteridad. Los saberes son conocimientos que se han ido acumulando durante largo tiempo mediante procesos en que han participado muchos seres humanos, interactuando de diversos modos y transmitiéndose unos a otros los logros individuales e incrementando de esa manera el saber individual y colectivo.

Jorge Luis Borges haciendo referencia al sentido profundo de la conversación o diálogo presenta de una forma magistral lo señalado en el párrafo anterior:…Con el correr de la conversación he advertido que el diálogo es un género literario, una forma indirecta de escribir… El deber de todas las cosas es ser una felicidad; si no son una felicidad son inútiles o perjudiciales. A esta altura de mi vida siento estos diálogos como una felicidad… Las polémicas son inútiles, estar de antemano de un lado o del otro es un error, sobre todo si se oye la conversación como una polémica, si se la ve como un juego en el cual alguien gana y alguien pierde. El diálogo tiene que ser una investigación y poco importa que la verdad salga de boca de uno o de boca de otro. Yo he tratado de pensar, al conversar, que es indiferente que yo tenga razón o que tenga razón usted; lo importante es llegar a una conclusión, y de qué lado de la mesa llega eso, o de qué boca, o de qué rostro, o desde qué nombre, es lo de menos. (1985)

La información, también es sinérgica, ya que por su propia naturaleza es antes que nada un flujo de comunicación entre varias personas. Algo parecido ocurre con el lenguaje. De no existir ese flujo de comunicación no existiría información. Asumiendo la aproximación propia de la Teoría General de Sistemas se afirma que la negentropía es la cantidad de información requerida para la creación de orden; con este término se conjugan tanto la termodinámica como la teoría de la información. La negentropía es el dato, el conocimien-to que hace posible que disminuya la incertidumbre, la confusión y el desorden y se genere un estado temporal de certidumbre, claridad y orden en el sistema. Así pues, es deseable que todo sistema tenga los canales de comunicación que le permitan adquirir la información pertinente para bajar su estado entrópico.

Desde la perspectiva asumida en esta reflexión, la información tiene un carácter eminentemente relacional. Sólo hay información cuando existe un emisor y un receptor de ella. La información no compartida no cumple su vocación, muere en cuanto tal. De allí entonces su carácter fundamentalmente sinérgico. Sinergia que es positiva si contribuye a disminuir la incertidumbre y confusión, el temor a lo desconocido y la angustia respecto a lo ignorado. Sinergia negativa si desinforma, oculta o niega el antecedente, la precisión del detalle requerido, el dato iluminador que provee sentido y significado.

Es interesante destacar en relación al tema que analizamos algo que afirma Francisco Varela en un trabajo sobre las tendencias y perspectivas de las ciencias cognitivas (1990):…“la inteligencia ha dejado de ser la capacidad para resolver un problema para ser la capacidad de ingresar en un mundo compartido”

6. Identificando recursos sinérgicos: análisis particular de la creatividad.

“Todos los poetas, en esos momentos largos o cortos, repetidos o aislados, en que son realmente poetas, oyen la voz “otra”. Es suya y es ajena, es de nadie y es de todos”. (1991)

Desde nuestra perspectiva la creatividad tiene dos requerimientos fundamentales para ser tal. El primero, una capacidad de resonancia. El segundo, un acotamiento o autolimitación producto de su necesaria concreción, es decir su materialización en un tiempo y un espacio específicos.

No es posible ser creativo sin que esa creatividad tenga una forma de materializarse y hacerse explícita ante otros. Una persona puede tener en su cabeza, en razón de sus capacidades eidéticas, por ejemplo los tulipanes de Van Gogh. Es o será creativa en la medida en que logre transferir esa idea pictórica en un cuadro posible de ser visto y valorado por otros seres humanos. De allí entonces que así como el pintor requiere del pincel, la paleta y el lienzo, el poeta a su vez requerirá de la pluma o lápiz, del papel y del soneto o verso.

Toda obra creativa en el momento de su diseño en la mente de su creador es toda virtualidad o potencialidad, en ella puede estar contenido el Universo completo. En ese sentido es tanto abstracción como concreción absoluta, sin embargo al ser plasmada mediante el ejercicio del acto creativo, al ser exteriorizada, ella se particulariza, se historiza, se hace concreta y específica.

Por ende nuestra creatividad, aún la más de punta, está acotada por nuestras circunstancias sociales, culturales y políticas. Podemos sólo ser creativos dentro de un determinado rango, ámbito o espacio. Nuestros “temas”, los que orientan nuestro pensar, búsqueda, reflexión y nuestra comunicación, están condicionados por el contexto histórico.

Nuestra creatividad opera dentro de un “tiempo” histórico, es producto del clima intelectual o cultural de ese “tiempo”. Ello explica porque se producen avalanchas de la misma idea, o porqué si uno se atrasa en producir o publicar una idea la terminan publicando muy luego otros.

La creatividad, incluso la genialidad se ubica en un tiempo y un clima, si se anticipa a ese tiempo no será reconocida como tal, pues para eso debe provocar “resonancia” en otros. Si no hay resonancia la idea aunque genial se pierde y no germina, pudiendo permanecer dormida o latente durante incluso siglos. Será necesario un clima y un tiempo apropiados para que se produzca una relectura, redescubrimiento o reinvención que la active y la haga resonar.

He allí también la razón del permanente valor de los clásicos como lo plantea Italo Calvino y la permanente oscilación en torno a los temas planteados por ellos.

Por otra parte el impulso creativo se acota dentro de límites precisos, que van canalizando la energía creadora y a la vez reprimiendo y mutilando toda aquella energía excedentaria que desvirtúa o distrae la intención creativa.

De allí la necesidad de detenerse a reflexionar sobre la importancia de los límites en el proceso creativo. Habitualmente se ha tendido a ver los límites sólo como un obstáculo o impedimento para el creador y se ha desconocido el papel fundamental que éstos juegan para el despliegue de la actividad creativa.

Pero a la vez en ese papel contenedor, en el cual el límite actúa como un elemento de contención, hay también un aporte de una estructura, soporte o respaldo que permite la expresión de la potencia creativa.

Ya hacíamos alusión a la necesidad de una concreción material que posibilite la exteriorización del acto creativo. Lienzo, pincel y colores para el pintor; verbo, métrica y sentido para el poeta; volúmenes, textura y proporciones para el escultor; timbre, altura y duración para el músico. Y así cada creador tendrá requerimientos propios del ámbito creativo en el cual se ubique. Sin ellos la creatividad no se traducirá en creación, la potencia no se transformará en acto.

El límite es la frontera que hace posible trascender la banalidad del acaecer repetitivo, derivado de los códigos genéticos y culturales propios de la existencia humana. Quien crea algo trasciende el plano de los sueños, de la fantasía, de la imaginación y de la creatividad, y al hacer así se transciende a sí mismo, ya que exterioriza la subjetividad de su alma y logra construir un puente que la conecta a otras almas. Transciende, es decir sube (scando) más allá (trans) de lo que su naturaleza animal le permite, viola la frontera que ésta establece.

¿Es posible, entonces, para cualquier ser humano el crear o es sólo algo reservado a algunos individuos selectos de la especie?

Toda creación es necesariamente autorreferida. Es la subjetividad del ego que busca trascender sus propios límites, lo que explica la emergencia del acto creativo. Para ello debe superar varias barreras. La primera, la de la irremediable soledad de nuestra existencia… nacimos solos y morimos solos. La segunda, la del aislamiento a que nos condena la especificidad de nuestra existencia social.

Somos portadores de lenguajes, de formas de comunicarnos y de percibir la realidad que son compartidas en parte con algunos otros seres humanos. Ello nos lleva a vivir una permanente tensión entre la particularidad de nuestra identidad cultural y la universalidad de nuestra vocación creativa. Aquella es el germen y alimento esencial de nuestra creatividad, en ella se nutre y mediante ella se expresa. De esta última surge la necesidad de comunicarnos a otros seres humanos, trascendiendo, por lo tanto, los límites que derivan de nuestra inserción social e histórica en una sociedad concreta y particular que posee sus propios códigos culturales. La tercera barrera proviene de la dimensión material de la existencia humana. En cuanto entes materiales, que percibimos la realidad mediante nuestros sentidos, requerimos también de éstos para comunicarnos. Ello implica elementos materiales que pueden ser más o menos apropiados para lograr dicha comunicación. Parte importante de esta barrera está dada por la transparencia u opacidad que los elementos nos permiten, ello dice principalmente relación con el oficio o dominio de las técnicas respectivas: la palabra, la imagen, el color, los volúmenes, la melodía. el análisis, la síntesis, el momento, la precisión, la profundidad, el ritmo, la expresividad, etc.

Como se puede apreciar de lo anteriormente expuesto, nuestra existencia consiste en una tensión permanente entre nuestra individualidad y el contexto social que le confiere sentido a nuestra individuación. Nuestra vida es a la vez individual y colectiva, requerimos de la alteridad para individuarnos y por otra parte la existencia social necesita de individuos para que se produzca vida social. Sin individuos no hay vida posible, es la diferenciación, la diversidad, la heterogeneidad lo que produce vida, intercambio, interacciones, flujos, cambios, oscilaciones, transformaciones, movimientos. Sin diferencias, es decir en un espacio social absolutamente homogéneo no existiría intercambio social ninguno: eso sería la entropía absoluta, es decir la muerte, la no transformación real ni potencial.

7. Propuesta de una inversión conceptual de un recurso conflictivo: el poder

En un trabajo anterior (1993) escribí algo respecto a la necesidad de una ética de la responsabilidad que creo tiene mucho de iluminador para reflexionar en torno al poder:...Hoy en día se hace urgente el revitalizar una ética de la responsabilidad. Pero, ¿responsabilidad sobre qué?

Pienso que la primera exigencia tiene que ver con hacerse responsable por uno mismo. Cada uno de nosotros debe asumir la responsabilidad sobre su propia felicidad, y abandonar la actitud cómoda de esperar que otros (la Iglesia, el Partido, el Estado, los padres, la pareja, el psicoterapeuta, los amigos u otros) asuman por uno dicha responsabilidad. Sólo en la medida en la cual cada uno de nosotros se haga protagonista de su propia felicidad mejorarán mucho las cosas en el mundo. Hemos vivido colmados de un exceso de asistencialismo y de una preocupación casi obsesiva por el sufrimiento de otros, que incluso ha impedido que ese dolor se convierta en fuente de crecimiento y de transformación. Hemos desarrollado hasta niveles casi patológicos la compasión lo que incluso nos ha impedido ser capaces de compadecernos, es decir de empatizar, de ponernos en el pellejo del otro, llegando incluso a perder toda delicadeza y tino para solidarizar con el otro. Nos hemos acostumbrado a una abierta intervención y profanación de los sentimientos y del dolor de quien sufría, violando toda la intimidad que ello conlleva.

En segundo lugar, responsabilidad por las consecuencias de mis actos. Ello nos demanda el desarrollo de una sensibilidad muy fina para percibir cuestiones que hoy no somos para nada capaces de reconocer. Capacidad para ser compasivos, para sentirnos formando parte del universo, de la vida, de la humanidad. Hay una superior trascendencia en todo lo que una existencia implica, que para poder realmente apreciarla es fundamental una nueva forma de ver la realidad, una nueva forma de sentir lo que somos y aquello de lo que formamos parte.

Considero que es necesario distinguir en relación al poder tres dimensiones. La primera, la más habitual y la cual difícilmente logramos trascender al reflexionar sobre el poder: el poder sobre otros. El poder dominatorio, el poder excluyente y coherente con la ideología de la escasez. Poder visto como algo por lo cual hay que competir y luchar contra otros para poseerlo y hacerlo propio. Poder sentido como algo que me permite asignar a otros mi visión del mundo, mis verdades y mis deseos, mis intereses o mis sueños y utopías, imponiendo mi voluntad sobre sus proyectos y protagonismo, anteponiendo mi propia realización sobre las de otros. Sobre esta visión se ha debatido y escrito mucho y no tiene mayor sentido abundar en ello.

La segunda dimensión dice relación con otro tipo de poder: el poder sobre uno mismo. Es el poder que implica ampliar el horizonte de la existencia propia, lo cual puede ser mediante el hacerme dueño de mi corporalidad, como cuando aprendí a caminar (emoción que unos pocos privilegiados recuerdan) o a andar en bicicleta; o por medio de la expansión del dominio de mi inteligencia, como cuando comencé a leer o a hablar otro idioma; o por medio del reconocimiento del otro, como cuando alguien provoca nuestra admiración o cuando nos enamoramos de otra persona. En todos estos casos se produce una expansión interior, nos abrimos a una nueva dimensión de nuestra existencia, aflora algo que antes no estaba, surge una fuerza, energía o poder que amplía nuestro dominio o potestad sobre la propia existencia, emerge un poder del cual nos hacemos dueños y protagonistas y que nos permite protagonismo.

El tercer tipo de poder: el poder con otros. El poder como participación. Es el poder que tenemos sobre nosotros mismos pero cuya significación y sentido es ampliado mediante el ponerlo cada cual en común con otros, para asumir de ese modo colectivamente el protagonismo sobre nuestra existencia social. Este es un poder de servicio, de apoyo y colaboración al desarrollo de proyectos asumidos en forma colectiva. Es una forma de poder y ejercicio de éste eminentemente participativo, donde cada cual apoya al otro y a la vez se apoya en el otro generando de ese modo nuevos contextos, nuevas realidades y produciendo una suerte de potenciamiento mutuo, donde cada cual puede alcanzar mucho más que lo que puede en forma aislada, pero donde a la vez autolimita su propio espacio de aspiraciones, deseos y expectativas en función del interés colectivo.

Humberto Giannini en un artículo de hace algunos años (1993) señala que: …Si algo malo nos ocurre, en cambio, es el no estar salvando esos sentimientos, esos hábitos que nos atan a la “dura realidad” y le dan algún sentido; si algo malo nos ocurre es, como dice Pascal, el hecho de quemar el presente que tenemos (lo efímero) por un poder ser que, en última instancia, se reduce a mero anhelo de poder.

Al parecer lo que esboza Giannini, y es una clave al parecer fundamental, es que el poder ser nos empuja a anhelar poder, lo que nos impide así ser libres para vivir lo que efectivamente somos: nuestro cotidiano existir, nuestras rutinas diarias, nuestros afectos anclados en hábitos, nuestros lugares y rincones habituales y queridos, nuestro pasar y nuestro quedar.

La mayor parte de la existencia social está construida sobre la base del establecimiento de procesos de institucionalización de las relaciones sociales, ello implica la creación de diversas normas y pautas de conducta que regulan los ámbitos de actuación de las personas, gran parte de aquellas reforzadas por grados diversos de control social. Lo anterior implica la casi absoluta desaparición de la gratuidad en esas formas de relación entre las personas. El mundo que tenemos nos provee de muchísimos descubrimientos, encuentros y creaciones pero no todos son originales, verdaderos y profundos. Y sólo en la gratuidad o mediante la gratuidad es posible el encuentro verdadero, el descubrimiento profundo, la creación original. Unicamente en un ámbito de relaciones donde no prime la obsesión por la eficiencia, por la competencia, por el logro y por el rendimiento será posible el surgimiento sinérgico de la gratuito, de lo inefable y de lo que probablemente muchos sentimos como lo más propiamente humano: la ternura y la compasión.

Es posible plantear como una utopía realizable el avanzar en un esfuerzo colectivo de educación y de desarrollo personal que nos haga posible una ampliación de la conciencia (en el concepto budista de compasión o en el concepto cristiano de amor al prójimo) para desarrollar la capacidad de dar cuenta simultáneamente de la necesidad propia y de la necesidad del otro, estableciendo de ese modo un horizonte de autolimitación (voluntaria) a la actualización o satisfacción de la necesidad que permita la existencia de los otros, hoy y mañana.

Es este el gran desafío que se nos plantea en nuestro desarrollo como seres éticos, esto es responsables de nuestro accionar en el mundo, capaces de entender donde alcanza su plenitud nuestra calidad de vida: cuando el simple ser inicial que ha devenido en conciencia mediante la individualización, se transforma definitivamente en un ser conciente no sólo de su existir, sino también del de otros.


Citas y referencias bibliográficas


André Gorz. 1989. Adiós al proletariado, Imago Mundi, Buenos Aires.

André Gorz. 1986. La ideología social del coche, en Utopía, Año II, Nº 3, Buenos Aires.

Antonio Elizalde. 1991. Cambios de paradigma, educación y crisis, en Superando la racionalidad instrumental, Abraham Magendzo (ed.), PIIE, Santiago de Chile.

Franz Hinkelammert. 1989. La Fe de Abraham y el Edipo Occidental, Editorial DEI, San José de Costa Rica.

Francisco J. Varela. 1990. Conocer. Las ciencias cognitivas: tendencias y perspectivas. Cartografía de las ideas actuales, Editorial Gedisa, Barcelona.

Héctor Sjenovich y Daniel Panario. 1996. Hacia otro desarrollo. Una perspectiva ambiental, Editorial Nordan, Montevideo.

Humberto Giannini. 1993. Utopía de lo efímero, en Diario La Nación, 17 de Agosto de 1993.

Jorge Luis Borges. 1985. Borges en diálogo: conversaciones de Jorge Luis Borges con Osvaldo Ferrari, Grijalbo S.A, Buenos Aires.

Luis Carlos Restrepo y Manuel Espinel Vallejo. 1996, Semiología de las prácticas de salud, Centro Editorial Javeriano, Bogotá.

Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn. 1986. Desarrollo a Escala Humana
una opción para el futuro, Número Especial de Development Dialogue, Uppsala, CEPAUR-Dag Hammarskjöld Foundation.

Marvin Harris. 1984. La cultura norteamericana contemporánea: Una visión antropológica, Alianza Editorial, Madrid, 1984.

Octavio Paz, 1991. La otra voz, poesía y fin de siglo en Artes y Letras de El Mercurio, Domingo 6 de Enero de 1991.

2 comentarios para "Hacia un mundo sin exclusiones: Reflexiones sobre el bienestar, la sinergia y las necesidades humanas."

Hugo, quede fascinada mil felicitaciones!!! te dejo un poema que le hice a mi padre espero te guste…
Y ME LLAMAN VIEJO…..

Que mi caminar es lento,
Y la memoria me falla…

Que mis piernas no responden,
Y mis palabras no estallan…

Es cierto que ya no corro…
Pero no porque sea viejo…

Los caminos que recorro no se miden en distancia…
Son caminos que la mente en un santiamén alcanza…

¿Me dicen que soy muy torpe,
Porque no encuentro mis gafas?

Sin embargo encuentro amor
Donde otros solo escarcha…

¿Que mis oídos no oyen, Y mis ojos no ven nada?
El oído no me importa, no sabe escuchar la calma…

Y si necesito ver, los ojos no me hacen falta…
Porque tengo un corazón, que sabe mirar el alma.

Es verdad que soy un viejo
Lo digo sin titubear…

Las marcas que hay en mi rostro
Son señales que la vida, se ha empeñado en registrar…

El tiempo no nos perdona…
Las cuentas hay que saldar…

Son cosas que solo el tiempo
Nos ayuda a descifrar…

¡Hoy a los cielos sonrío!
¡Hoy la vida se gozar!

¡Que lastima!
Que a destiempo…
¡La vida empiece a contar!

Ma Socorina Tonella R

Gracias Gina, el poema es hermoso.

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